Imagina esto: te pones metas altas, pero en lugar de sentirte feliz por tus logros, solo sientes ansiedad y decepción.
Imagina esto: te pones metas altas, pero en lugar de sentirte feliz por tus logros, solo sientes ansiedad y decepción. Tal vez estés atrapado en una trampa de perfeccionismo tóxico: un estado en el que la búsqueda de la perfección deja de ser una motivación y se convierte en un estrés constante. ¿Cómo reconocerlo y qué hacer al respecto? Vamos a descubrirlo.
Si tus expectativas se vuelven irreales y el más mínimo desvío de tus estándares parece una catástrofe, estás frente al perfeccionismo tóxico. En lugar de ver la perfección como una guía, la percibes como un objetivo final. A menudo, esto afecta no solo a ti, sino también a los demás: exiges de ellos el mismo nivel de perfección que de ti mismo. El resultado: problemas en la vida personal, laboral y un constante descontento contigo mismo.
Nunca estás satisfecho con los resultados. Incluso cuando alcanzas tu meta, sientes que podrías haberlo hecho mejor. Tu autoestima se ve afectada, al igual que las personas a tu alrededor, a quienes comienzas a criticar por no cumplir con tus estándares.
Tu autoestima depende de la evaluación externa. Tienes miedo de que te consideren insuficiente, y por eso trabajas en exceso, intentas agradar y sacrificas tus propios intereses.
El nivel de tus metas es tan alto que da miedo empezar. Al final, te agotas por la tensión o procrastinas por miedo a hacer algo imperfecto.
Para ti solo existen dos opciones: o es perfecto, o es un fracaso total. No disfrutas de los logros intermedios y no sabes cuándo detenerte.
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