REVISTA ONLINE PARA HOMBRES

VIDA

7 frases que delatan a una persona insegura, aunque ni siquiera se dé cuenta

A veces bastan unas pocas frases para que los demás perciban que están delante de alguien que no confía demasiado en sí mismo. En el trabajo, sus ideas pueden no tomarse tan en serio; en una cita, puede dar la impresión de no conocer su propio valor; y, entre amigos, corre el riesgo de convertirse en el protagonista habitual de las bromas sobre su supuesta incompetencia.

A veces bastan unas pocas frases para que los demás perciban que están delante de alguien que no confía demasiado en sí mismo. En el trabajo, sus ideas pueden no tomarse tan en serio; en una cita, puede dar la impresión de no conocer su propio valor; y, entre amigos, corre el riesgo de convertirse en el protagonista habitual de las bromas sobre su supuesta incompetencia.

Por supuesto, una frase desafortunada no demuestra nada por sí sola. Todos dudamos de vez en cuando, nos ponemos nerviosos o restamos importancia a nuestros logros. Pero si ciertas expresiones se convierten en una costumbre, merece la pena preguntarse si detrás de ellas no se esconde cierta inseguridad.

Puedes tener un buen trabajo, un coche decente, hacer deporte, cuidar tu aspecto e incluso leer libros de psicología. Sobre el papel, parece que todo va bien. Pero hay un detalle: puedes parecer una persona de éxito y hablar como si tuvieras que pedirle permiso al mundo para existir.

7 frases que pueden revelar una baja autoestima

1. «No he hecho nada especial, simplemente he tenido suerte»

Has terminado con éxito un proyecto complicado, has ganado una competición, has conseguido un ascenso o por fin has hecho algo que llevabas mucho tiempo sin atreverte a intentar. Tus amigos te felicitan, tus compañeros te estrechan la mano y tú le quitas importancia: «No he hecho nada especial, simplemente he tenido suerte».

Decirlo una vez puede ser una muestra de modestia. Atribuir constantemente tus éxitos a la casualidad es otra historia.

Detrás de esta reacción puede esconderse el miedo a reconocer los propios méritos. Porque, si admites que realmente has hecho un buen trabajo, también tienes que reconocer que posees habilidades, experiencia y derecho a sentirte orgulloso del resultado.

Cómo decirlo de otra manera: «¡Gracias! La verdad es que he trabajado mucho para conseguirlo». Sin fanfarrias, sin presumir y sin desmayarse de modestia en mitad de la oficina.

2. «Claro, no tengo el coche adecuado, ni el reloj ni el móvil adecuados…»

Es curioso: a veces un hombre tiene todo lo necesario para vivir bien, pero se siente un fracasado porque su vecino tiene un coche más caro, el reloj de su compañero brilla más y un conocido acaba de comprarse el último smartphone.

De ahí vienen las frases de siempre:

  • «Con un coche así, casi me da vergüenza salir a la calle».
  • «Ya me da vergüenza sacar este móvil».
  • «Él sí que ha conseguido algo en la vida; yo soy del montón».

El problema no son los coches, los dispositivos ni las ganas de vivir mejor. El problema empieza cuando las posesiones se convierten en una medida del valor de una persona.

Si tu autoestima depende del logotipo del capó, se parece a una batería en pleno invierno: funciona mientras las condiciones externas son favorables. Basta con que alguien aparezca con un juguete más caro para que tu energía interior se agote de golpe.

Qué hacer: comprar cosas para tu propia comodidad, no para demostrarles a desconocidos en el aparcamiento que tú también vales algo.

3. «No soy precisamente un experto, pero puedo intentarlo»

Imagina una reunión de trabajo. Tienes experiencia, una idea concreta y sabes cómo llevarla a la práctica. Pero, antes de hablar, te cubres las espaldas cuidadosamente:

  • «Por supuesto, puedo estar equivocado…»
  • «Quizá sea una tontería…»
  • «No soy el más competente de aquí, pero…»

Al final, los demás no escuchan tanto tu idea como una larga introducción sobre por qué no deberían confiar en ella.

El hábito de restar valor a tus propias palabras puede dar la impresión de que no estás dispuesto a asumir la responsabilidad de tus decisiones. A veces, eso frena el desarrollo profesional más que la falta de experiencia.

Por supuesto, reconocer los límites de tus conocimientos es una señal de madurez. No hace falta fingir que eres un genio si es la primera vez que te enfrentas a un tema. Pero, si realmente dominas la materia, no tiene sentido empezar humillándote en público.

Mejor di: «Así es como veo la situación» o «Tengo una propuesta que podría funcionar». Y, si no sabes la respuesta, admítelo con sinceridad, sin disculpas teatrales.

4. «Esperan demasiado de mí»

Esta frase suele aparecer incluso antes de que empiece algo complicado.

¿Te encargan un proyecto importante? «Bueno, esperan demasiado de mí».

¿Te invitan a hablar delante del equipo? «No sé por qué me han elegido precisamente a mí».

¿Surge la posibilidad de conseguir un ascenso? «Probablemente están sobrevalorando mis capacidades».

Es como si la persona preparara de antemano una excusa por si fracasa. Si algo sale mal, siempre podrá decir: «Ya os lo había advertido».

Desde el punto de vista psicológico, resulta cómodo: no hay que arriesgar la reputación de quien siempre puede con todo. Pero hay una contrapartida: empiezas a rechazar oportunidades antes de comprobar de qué eres capaz.

Prueba otro enfoque: «Es un reto importante. Veamos qué hace falta para conseguirlo». No te garantiza la victoria, pero al menos te das una oportunidad.

5. «Lo he estropeado todo otra vez. No sirvo para nada»

La autoironía es estupenda. Ayuda a superar los fracasos, reduce la tensión y hace que las conversaciones sean más agradables. El problema aparece cuando cada error se convierte en otra prueba de tu supuesta inutilidad.

Rompes una estantería: «Soy un manazas».

Te olvidas de una cita: «No me funciona ni el cerebro».

Susp endes un examen: «Soy tonto, ¿qué se puede esperar de mí?».

El error deja de ser un hecho aislado y se convierte en una característica de toda tu personalidad. Si repites estas frases constantemente, puedes reforzar una imagen negativa de ti mismo.

Además, quienes te rodean acaban acostumbrándose a esa imagen. ¿Por qué confiarle una tarea complicada a alguien que no deja de convencer a todo el mundo de que no sabe hacer nada?

Sustituye la etiqueta por un hecho: en lugar de «soy un caso perdido», di «esta vez no he sabido hacerlo». La primera frase cierra una puerta. La segunda deja abierta la posibilidad de aprender.

6. «Hay que nacer como él. Yo nunca conseguiré algo así»

En el mundo siempre habrá alguien más rico, más carismático, más atlético o con más éxito que tú. Si te comparas constantemente con todo el mundo, la vida puede convertirse en un concurso interminable cuyo jurado nunca publica los resultados definitivos.

El problema empieza cuando el éxito ajeno se convierte en una prueba de tu propia impotencia.

¿Ese tipo conoce gente con facilidad? Entonces tiene un talento natural y tú estás condenado a quedarte junto a la pared con una copa en la mano.

¿Un compañero asciende rápidamente? Seguro que solo ha tenido suerte, así que tú ni siquiera deberías intentarlo.

¿Un conocido ha montado un negocio? Claro, tenía dinero, contactos y las relaciones adecuadas.

Es posible que algunas personas hayan contado con circunstancias favorables. El éxito rara vez depende únicamente del esfuerzo. Pero las ventajas de los demás no eliminan tus propias posibilidades.

En lugar de decir «nunca lo conseguiré», pregúntate: «¿Qué hace exactamente y qué puedo aprender de él?». No garantiza que obtengas el mismo resultado, pero convierte la envidia en una herramienta práctica.

7. «Yo simplemente no soy de los que hacen esas cosas»

No soy de los que dan el primer paso. No soy de los que piden un ascenso. No soy de los que viajan solos, cambian de trabajo o empiezan algo desde cero.

Parece una descripción de la personalidad. Y, a veces, realmente lo es: no a todo el mundo le gusta ser el centro de atención, asumir riesgos o trabajar en equipo. Y eso es perfectamente normal.

Pero, en ocasiones, «yo no soy así» se convierte en un pase universal para quedarse en la zona de confort. No lo has intentado, así que no has fracasado. No te has expuesto, así que no has recibido un rechazo. No has afrontado algo difícil, así que no has tenido que enfrentarte a tus propios límites.

Con el tiempo, una persona empieza a confundir lo que todavía no sabe hacer con aquello que nunca podrá aprender.

Prueba a expresarlo de otra manera: «Todavía no estoy acostumbrado a hacerlo» o «Me cuesta, pero puedo intentarlo». Una pequeña palabra, «todavía», deja espacio para el cambio.

Hablar alto y comportarse con arrogancia no son necesariamente señales de seguridad

Algunos hombres eligen la estrategia contraria. Hablan más alto que todos, no reconocen sus errores, presumen constantemente de su superioridad y convierten cualquier discusión en un campeonato mundial para demostrar que tienen razón.

Desde fuera, esto puede parecer seguridad en uno mismo. Pero, a veces, detrás de esa confianza exagerada se esconde el miedo a parecer débil, incompetente o poco interesante.

Sin embargo, es importante no confundir la seguridad con un estilo concreto de comportamiento. Una persona que habla alto no tiene por qué ser insegura, del mismo modo que una persona tranquila no tiene necesariamente una baja autoestima.

La verdadera seguridad no necesita confirmación constante. Una persona puede escuchar críticas con calma, reconocer un error y decir «no lo sé» sin sentir que su autoridad acaba de hacerse pedazos.

Y no, para conseguirlo no hace falta apuntarse a cursos para convertirse en macho alfa, comprar un reloj que cuesta tres sueldos ni contarle a todo el mundo cuánto se arrepienten tus exparejas de haberte dejado.

¿Qué otras señales pueden revelar inseguridad?

A veces, las palabras son solo una parte del cuadro. El tono de voz, el ritmo al hablar, las expresiones faciales y el comportamiento en una situación concreta también influyen en la impresión que causamos.

Por ejemplo, una persona puede preguntar constantemente si ha ofendido a alguien, disculparse en exceso por cosas insignificantes, rechazar los cumplidos o evitar expresar su propia opinión.

Pero es importante no convertir estas observaciones en un diagnóstico. Una voz débil puede deberse al cansancio; evitar el contacto visual puede ser un rasgo de personalidad; y las disculpas frecuentes pueden estar relacionadas con la educación recibida o con las costumbres culturales. Ningún gesto aislado permite determinar con certeza la autoestima de una persona.

Es mejor observar el conjunto: ¿su comportamiento le causa dificultades?, ¿es capaz de defender sus intereses, tomar decisiones y reaccionar de forma equilibrada ante los errores?

Cómo dejar de infravalorarte: cinco pasos prácticos

  1. Detecta tus frases automáticas. Durante unos días, presta atención a cómo hablas de ti mismo. No hace falta cambiar cada palabra de inmediato: para empezar, basta con identificar los patrones que se repiten.
  2. Distingue los hechos de los juicios. «No he conseguido ese trabajo» es un hecho. «No le importo a nadie» es una generalización que no se desprende necesariamente de ese hecho.
  3. Acepta los cumplidos sin hacer malabarismos verbales. Un simple «gracias, me alegro de que te guste» funciona mejor que pasarte cinco minutos explicando por qué, en realidad, no has hecho nada especial.
  4. Aprende a hablar de tus logros con naturalidad. No necesitas presumir. Basta con reconocer honestamente tu contribución y dejar de atribuir todos tus éxitos a la casualidad.
  5. Actúa incluso cuando no te sientas seguro al cien por cien. La confianza no siempre llega antes que la acción. Muchas veces ocurre al revés: lo intentas, ganas experiencia y, poco a poco, aprendes a confiar más en ti mismo.

Si la inseguridad interfiere constantemente en tus relaciones, tu trabajo o tu vida cotidiana, hablar con un psicólogo también puede ser útil. No es una señal de debilidad, sino una forma de conocerte mejor.

Lo más importante: no tienes que fingir ser alguien en quien todavía no te has convertido

La inseguridad no te convierte en un hombre peor. Las dudas, el miedo a equivocarse y el deseo de recibir aprobación son experiencias que casi todo el mundo conoce. El problema no es que a veces dudes de ti mismo, sino que permitas que esas dudas tomen las decisiones por ti.

La próxima vez que quieras decir «no voy a conseguirlo», haz una pausa. Quizá todavía te falte la experiencia necesaria. Quizá necesites ayuda. O quizá simplemente tengas miedo de empezar.

Son tres situaciones diferentes, y cada una puede tener su propia solución.

La confianza en uno mismo no consiste en estar convencido de que siempre eres el mejor. Consiste en no considerarte un fracasado cada vez que alguien resulta ser mejor que tú o algo no sale según lo previsto.

7 frases que delatan a una persona insegura, aunque ni siquiera se dé cuenta
×
×

Este sitio utiliza cookies para ofrecerte una mejor experiencia de navegación. Al navegar por este sitio web, aceptas el uso de cookies.