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Cómo salir de un conflicto sin perder la dignidad: la estrategia masculina que realmente funciona

Los conflictos rara vez empiezan con gritos. La mayoría de las veces todo parece completamente normal: una conversación cotidiana, un comentario desafortunado, una broma fuera de lugar o un tono demasiado brusco. Y, en cuestión de minutos, dos adultos actúan como si el destino del mundo dependiera del resultado de la discusión.

Los conflictos rara vez empiezan con gritos. La mayoría de las veces todo parece completamente normal: una conversación cotidiana, un comentario desafortunado, una broma fuera de lugar o un tono demasiado brusco. Y, en cuestión de minutos, dos adultos actúan como si el destino del mundo dependiera del resultado de la discusión.

En ese momento, la verdad pasa a un segundo plano. Lo único que importa es ganar.

La paradoja es que, después de la mayoría de los conflictos, no hay verdaderos vencedores. Uno consigue tener la última palabra, el otro obtiene cierta satisfacción moral, pero ambos suelen quedarse con una relación deteriorada, mal sabor de boca y la sensación de que todo fue completamente inútil.

La verdadera fortaleza de un hombre no consiste en ganar todas las discusiones. Consiste en saber cuándo merece la pena luchar y cuándo es mejor retirarse con la cabeza bien alta.

No todas las batallas merecen tu energía

La mejor forma de ganar un conflicto es no entrar en aquel que no cambiará absolutamente nada.

Muchas discusiones no nacen de grandes principios, sino del cansancio, el estrés, el ego o la necesidad de demostrar a toda costa que uno tiene razón. Alguien responde con brusquedad, tú contestas, la otra persona eleva aún más el tono y, poco después, ninguno recuerda cómo empezó todo.

Antes de entrar en una confrontación verbal, hazte una pregunta muy sencilla:

«¿Esto tendrá alguna importancia dentro de una semana?»

Si la respuesta es no, quizá el mejor golpe sea precisamente el que decides no dar.

No alimentes al provocador

Hay personas que parecen vivir del conflicto. No buscan la verdad; buscan emociones.

Su objetivo es sencillo: hacerte perder el control.

Cuando empiezas a gritar, recurres a los ataques personales o respondes a un insulto con otro insulto, ya estás jugando con sus reglas.

La persona que mantiene la calma siempre transmite mucha más fortaleza.

La serenidad irrita mucho más a un agresor que cualquier insulto.

Cuando las emociones se enfrían, suele quedar claro que la otra persona apenas tiene argumentos. Solo queda el ruido.

No confundas la fuerza con la crueldad

Muchos creen que ganar significa humillar al adversario.

En realidad, es la forma más rápida de perder el respeto de los demás.

  • Revelar secretos ajenos.
  • Atacar a la familia.
  • Burlarse del aspecto físico.
  • Difundir rumores.

Estas tácticas pueden ofrecer una victoria momentánea, pero dejan tras de sí la reputación de una persona en la que nadie volverá a confiar.

Una victoria pírrica sigue siendo una derrota.

No intentes convencer al agresor de que está equivocado

En medio de una discusión acalorada casi nadie cambia de opinión.

Las personas dejan de defender sus argumentos y empiezan a defender su orgullo.

Cuanto más presionas, mayor será la resistencia.

A veces, la decisión más inteligente es dejar que las emociones se calmen.

Uno o dos días después, la misma conversación puede desarrollarse de una forma completamente diferente.

El humor es la mejor arma

Hay una cualidad que distingue a los buenos conversadores de quienes viven discutiendo.

Saben utilizar el humor.

No para ridiculizar a la otra persona.

No para humillarla.

Sino para poner de manifiesto lo absurda que resulta la situación.

Una ironía bien empleada suele poner fin a un conflicto mucho antes que una lluvia de insultos.

Además, la gente siempre simpatiza con quien es capaz de mantener la calma y el sentido del humor incluso en los momentos más tensos.

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