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VIDA

5 manifestaciones invisibles del instinto de supervivencia en el hombre moderno

Vives en un apartamento, pides comida con unos pocos clics, puedes ponerte en contacto en un minuto con alguien al otro lado del mundo y es poco probable que te encuentres con un depredador dientes de sable de camino al trabajo.

Vives en un apartamento, pides comida con unos pocos clics, puedes ponerte en contacto en un minuto con alguien al otro lado del mundo y es poco probable que te encuentres con un depredador dientes de sable de camino al trabajo.

Parece que la humanidad debería haberse librado hace mucho tiempo de los miedos y patrones de comportamiento primitivos.

Pero el cerebro no tiene ninguna prisa por actualizar su software.

En algún lugar dentro del ser humano moderno todavía vive una criatura que recuerda que la comida puede escasear, que un desconocido puede resultar ser un enemigo y que cualquier sonido extraño en la oscuridad es mejor comprobarlo dos veces.

Por eso puedes hacer cosas completamente cotidianas sin siquiera pensar que detrás de ellas se esconden mecanismos de supervivencia muy antiguos.

Y no, eso no significa que en secreto sueñes con volver a vivir en una cueva. Simplemente, tu cerebro todavía se comporta a veces como si la civilización pudiera desaparecer antes de que termine la semana.

1. Guardas cosas que hace mucho deberías haber tirado

Un cargador viejo. Una caja de algún aparato. Una pieza de un dispositivo que ya ni siquiera tienes. Tres destornilladores idénticos. Un cable cuyo propósito ya no recuerdas, pero que, por alguna razón, estás convencido de que algún día necesitarás.

¿Te resulta familiar?

Durante una limpieza coges un objeto inútil, lo miras durante unos segundos y piensas: «Si lo tiro ahora, mañana mismo lo voy a necesitar».

No necesariamente se trata de acumulación patológica. En parte, este comportamiento puede estar relacionado con un principio muy antiguo: es mejor conservar un recurso que perderlo.

Para nuestros antepasados, disponer de reservas de comida, materiales o herramientas podía determinar literalmente si el grupo sobreviviría a un periodo difícil. Hoy el supermercado está abierto prácticamente todo el día y puedes pedir un cable nuevo en cuestión de minutos. Pero el cerebro todavía puede percibir un objeto viejo como un recurso potencial.

Por eso, tu caja llena de cables incomprensibles puede no ser simplemente basura. En tu cabeza es una pequeña reserva estratégica.

Aunque, si ya no puedes abrir el armario por culpa de ella, quizá haya llegado el momento de derrotar al cavernícola que llevas dentro.

2. Compruebas el teléfono incluso cuando no hay nada nuevo

El teléfono está en silencio.

No hay mensajes. No hay llamadas. No hay correos nuevos.

Aun así, lo coges.

Lo desbloqueas.

Lo compruebas.

Lo vuelves a dejar.

Cinco minutos después repites el procedimiento.

Por supuesto, aquí puede haber un componente de hábito o de dependencia de los estímulos digitales. Pero hay algo más interesante: el cerebro humano es extremadamente sensible a los cambios en el entorno.

Nuestros antepasados tenían que vigilar constantemente el espacio que los rodeaba. Un ruido entre los arbustos, un cambio en el comportamiento de los miembros del grupo o una silueta desconocida en el horizonte podían ser señales de peligro.

Hoy, en lugar de los arbustos, tienes una pantalla.

El teléfono se ha convertido en una especie de ventana al entorno social. Alguien ha escrito, ha ocurrido algo, ha cambiado la situación en el trabajo, ha aparecido una noticia o ha llegado una notificación.

No estás comprobando simplemente el teléfono. Estás comprobando si todo a tu alrededor sigue bajo control.

3. Hablas de otras personas, aunque lo llames «una simple conversación»

¿Por qué nos gusta tanto hablar de los demás?

Porque la información social siempre ha sido importante.

En un pequeño grupo primitivo era necesario saber en quién se podía confiar, quién era fiable, quién tendía a los conflictos, quién podía ayudar y de quién era mejor mantenerse alejado.

No existían redes sociales, reseñas ni bases de datos. Pero sí existían las conversaciones alrededor del fuego.

«No te relaciones con él».

«Es un buen cazador».

«Es mejor no confiar en él».

Así se creó un sistema primitivo de navegación social.

Hoy simplemente ha cambiado el escenario.

Puedes hablar con un amigo sobre un nuevo compañero de trabajo, escuchar una historia sobre tu jefe o interesarte por la vida personal de un conocido. Parte de esa información puede estar exagerada, pero el cerebro sigue utilizándola para evaluar a las personas.

¿Quién es peligroso? ¿Quién es fiable? ¿Quién podría traicionarte? ¿Con quién conviene tratar?

Por eso, los cotilleos no siempre son únicamente una manifestación de curiosidad. También pueden ser una forma de orientarse en un entorno social complejo.

Pero hay un detalle importante: que este mecanismo sea ancestral no significa que una persona moderna deba difundir cada historia que escucha. El cerebro puede buscar información para sobrevivir, pero no hace falta destruir la reputación de los demás por diversión.

4. Tienes rituales extraños que no estás dispuesto a romper

Antes de una reunión importante siempre preparas el café en la misma taza.

Antes de entrenar escuchas una canción determinada.

Antes de hacer algo complicado lo compruebas todo dos veces.

O quizá tengas tu propia pequeña tradición que resulta difícil de explicar lógicamente, pero que no quieres romper bajo ningún concepto.

Al cerebro humano no le gusta el caos. Cuando el resultado es impredecible, busca al menos una pequeña zona que pueda controlar.

Por eso los rituales pueden resultar tranquilizadores.

No puedes garantizar que una negociación salga perfectamente. No sabes si ganarás una competición. No puedes predecir cómo será un viaje.

Pero sí puedes hacer aquello que siempre haces antes de un acontecimiento importante.

Eso crea una sensación de orden.

No es extraño que este tipo de rituales también aparezcan entre deportistas profesionales. Repetir la misma secuencia de acciones antes de una competición ayuda a reducir la tensión y concentrarse en la tarea.

Así que, si antes de algo importante compruebas los documentos tres veces o siempre te atas los cordones siguiendo el mismo orden, quizá tu cerebro simplemente esté intentando decirte: «Tranquilo. Ya sabemos qué hacer».

5. Evitas la mirada cuando percibes peligro

Una mirada directa puede ser una señal de seguridad. Pero a veces ocurre justo lo contrario y hace que una persona se sienta incómoda.

Especialmente cuando tienes delante a tu jefe, a un desconocido agresivo o a alguien cuyo comportamiento no puedes predecir.

En los primates, una mirada directa y prolongada suele tener un significado social. Puede percibirse como un desafío, una demostración de fuerza o un intento de establecer dominancia.

Por eso, apartar la mirada puede ser una forma de reducir la tensión.

En la sociedad moderna, por supuesto, esto no significa que cada jefe sea percibido inconscientemente como un depredador ni que una reunión de trabajo parezca una lucha entre dos tribus.

Pero el cerebro sigue evaluando los riesgos sociales.

Puedes sentir tensión antes de hablar en público, al entrar en un grupo nuevo o al encontrarte con alguien que tiene un estatus superior al tuyo. Entonces el organismo elige una estrategia: mejor no provocar un conflicto.

Lo interesante es que, cuando te acostumbras poco a poco a la situación, normalmente disminuye la necesidad de evitar el contacto visual. El cerebro recibe nuevos datos: no hay peligro, puedes relajarte.

El instinto de supervivencia no ha desaparecido: simplemente se ha cambiado de traje

Lo más interesante es que la mayoría de las amenazas modernas no se parecen en absoluto a aquellas a las que se enfrentaban nuestros antepasados.

No necesitas escapar de un depredador. No necesitas defender el campamento de una tribu enemiga. No necesitas cazar para poder cenar.

Pero el cerebro sigue escaneando el mundo que lo rodea.

Solo que ahora, en lugar de huellas en el suelo, analiza el mensaje de tu jefe. En lugar de un desconocido junto al fuego, observa al nuevo compañero de trabajo. En lugar de una reserva de carne seca, tienes una caja llena de cables innecesarios en el armario.

El problema es que los mecanismos antiguos a veces funcionan en un entorno para el que nunca fueron diseñados.

Puedes interpretar el silencio de tu interlocutor como una amenaza, aunque simplemente esté cansado. Puedes acumular cosas que nunca necesitarás. Puedes comprobar el teléfono cada pocos minutos aunque no exista ningún peligro.

Pero también hay una buena noticia.

El mismo instinto que te hace estar alerta te ayuda a reaccionar rápidamente, detectar cambios, planificar con antelación y prepararte para situaciones difíciles.

La fuerza del hombre moderno no consiste en deshacerse por completo de sus reacciones primitivas.

La verdadera fuerza está en saber cuándo realmente las necesitas.

Así que la próxima vez que abras el armario lleno de cosas viejas, compruebes el teléfono por tercera vez o sientas de repente una extraña ansiedad en un grupo desconocido, no te apresures a pensar que eres raro. Quizá, en algún rincón profundo de tu cerebro, tu antiguo antepasado simplemente está haciendo lo que mejor sabía hacer: comprobar que todo sigue siendo seguro.

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